De urracas y ruisevoces

The following short story is the Spanish version by Daniel Casado Rodríguez of ‘Of magpies and mockingwords’, originally written (mostly) in English and Spanish by Karina Lickorish Quinn. Read the original on Issue Zero of LONGITŪDINĒS.

I. Uno para los pesares, dos para la alegría.

Mi abuela tenía un cajón para los cachivaches. Knick knacks, los llamamos en inglés, pero eso me suena demasiado afilado, demasiado nasal, y me recuerda al Jabberwock, y de cómo «la vorpalina espada corta y taja, tris-tras». Knick knack. Tris-tras. Y luego muy rápidamente me pongo a pensar en Snickers™ y en helados Knickerbocker y en la ropa interior del mismo nombre y en Nik Naks™ de sabor ahumado y picante que comía de bolsas fluorescentes y crujientes en medio de una niebla de cloro en el centro recreativo local.
      No, nada de esto funcionaría porque el cajón de mi abuela era sagrado para mí. Allí, en la esquina superior izquierda de su aparador de caoba, guardaba las cosas mágicas. Los cachivaches. Que es una palabra mística. Una palabra con la que lanzar hechizos. Se parece a Cachiche, lugar de donde provienen las brujas, y suena casi musical con su trocaica subida y bajada. Es una palabra que se siente tanto familiar como ajena, como si la hubiera escuchado en un sueño, o susurrada por los muertos detrás del velo.
       Olía a mentol y a bolas de naftalina, el cajón de la abuela. A Vaporú y a resina de ámbar. Forrado con terciopelo rojo, como la vitrina de un joyero, allí, anidadas en la tela escarlata, ella colocaba las cositas que coleccionaba. Un diminuto oso de plástico, de color verde neón, que se había caído de un llavero. Premios de plástico de cajas de cereales. Un surtido de colgantes, estampas de los santos, abanicos en miniatura de estilo andaluz. El corazón sangrante de Cristo, de origami, con sangre que fluía en cintas de papel crepé rojo. «Mira este corazón mío». El sagrado corazón de Cristo.
      Era su caja de cosas, de cositas. De amuletos y abalorios. ¿Por qué coleccionaste estas cosas, Mama? Para ti, mi amor, para ti. Cada vez que iba a Lima, algún día dichoso, Mama me pediría que fuera a su habitación y el cajón estaría abierto. Me dejaría tocar los cachivaches uno por uno, y yo los giraría entre mis dedos, admirándolos, dejando que su ánimo me hablara, porque solo podría quedarme con uno. Solo una de estas cositas viajaría conmigo a Inglaterra como un talismán, hasta que pudiera volver a Lima en un año, quizás dos, y volviera a estar con Mama.
      Doblada sobre ese cajón yo era una urraca, inclinando, inclinando la cabeza para estudiar mejor los objetos brillantes. Mama también se doblaba para estudiarlos y juntas éramos dos pájaros. Dos pequeñas urracas inclinadas sobre el cajón mágico, parpadeando. No hay urracas en Perú. Cuando vino a visitarnos en Inglaterra, Mama las miraba revolotear por el jardín y las encontró muy bellas. También le gustaron las palomas torcaces. ¡Tan gordas! Rellenitas. Le daban lástima las palomitas de Perú, escuálidas y sucias, mientras que los pájaros ingleses eran tan gordos. Tan bien alimentados. Pero las urracas fueron las que más le gustaron. Antes de eso, solo las había visto en dibujos. Pequeñas ladronzuelas descaradas en cuentos infantiles, con sombreros de copa y miradas astutas. Pero aquí había urracas en persona.
      «Dime, Karinita. ¿Es verdad que son acaparadoras las urracas?»
      Le dije que creía que era cierto. Que una vez había visto una urraca con un anillo de oro en el pico. Ahora dudo que alguna vez ocurriera: era un recuerdo inventado. Pero aún lo veo tan claramente.
      Le enseñé la canción: «Uno para los pesares, dos para la alegría, tres para una chica, cuatro para un chico…».
      Mama ya no está. Pero aún tengo sus cachivaches en un joyero al lado de mi cama, como el colgante del espíritu santo en forma de paloma, tallado en una deslustrada pirámide metálica, que llevaba el día en que tomé mi examen de razonamiento verbal de final de primaria. Mientras estaba sentada desenredando el lenguaje enredado (Pájaro es a ala lo que pez es a nadar/aleta/cola), acariciaba el amuleto entre mis dedos, y entonces supe que la magia del cachivache estaba conmigo.

II. Los pollitos dicen «pío pío pío»

En la esquina, había una bodega. Ahí vendían chifles y el helado de lúcuma Donofrio™ que tanto le gustaba a mi madre. Vendían también las pegatinas que Mama compraba para mandarme en sus cartas de correo aéreo. Esas pegatinas de bailarinas y pequeños monstruos, yo las pegaba en mi carpeta de clase de castellano de los sábados en la cual estaban guardadas las hojas de canciones y ejercicios de gramática que la Señora Rojas nos enseñaba.
      A E I O U
      Arbolito del Perú.
      Yo tengo siete años.
      ¿Cuántos años tienes tú?
      Los meses que pasábamos en Lima, casi todas las tardes íbamos mi hermana y yo a la bodega de la esquina con el Abue para alquilar vídeos. La selección para niños era modesta y veíamos siempre las mismas películas de Disney: La sirenita, Aladdín, y El rey león. Estas películas eran todas dobladas y fue así que ciertas canciones las aprendimos solamente en castellano y otras solo en inglés. Entonces, en la escuela, podíamos cantar con los amigos de un «tale as old as time» («se oye una canción») o compartir en los «heigh ho heigh ho» («ay ho, ay ho») de los siete enanitos, pero de «un mundo ideal» o del «ciclo de la vida» solo podíamos cantar entre nosotras dos.
      Años después, viendo The Little Mermaid, La sirenita, en la casa de una amiga, me di cuenta de que las palabras no eran equivalentes en castellano e inglés. Mientras que la Ariel norteamericana quiere ser parte de su mundo, la Ariel latina quiere ser parte de él, o sea, quiere ser o parte del mundo de Eric o, crucialmente, parte de Eric. Parte de él.
      «¿Y, por qué no tradujeron literalmente del inglés?» me pregunte a mí misma.
      «Obvio, Kari», me respondí. «El ritmo de las palabras no va con la canción:»
            Part-of-your-world = 4 sílabas
            Par-te-de-tu-mun-do = 6 sílabas
      No cabe. No encaja.
      Traduciendo letras de Disney solita, sentada con las piernas cruzadas en el suelo de la sala, estaba analizando prosodia, aunque, claro, no lo sabía en ese entonces.
      Desde chiquita, sabía que no se podía traducir así nomás las cosas. La comunicación requería cuidado. El viejo McDonald tenía una granja en Inglaterra (I-A-I-A-O); pero su granja no tenía terreno en Perú. En Lima, «Los pollitos dicen “pío, pío, pío”», pero en Inglaterra hacen «cheep, cheep». Entiende muy bien, no hacen «cheap, cheap» ni tampoco «sheep, sheep». En castellano, el sonido sería«chíp, chíp» que definitivamente no se puede traducir a «chip, chip» en inglés. Imagínate, que locura, todos los pollitos rascando la tierra en el corral piando «patata frita, patata frita» y el granjero-payaso Ronald McDonald tirándoles patatas fritas mientras, en la distancia, en el campo, las ovejas gritan «bee, bee» aquí y «bee, bee» allá, «bee» aquí, «bee» allá, siempre con su «bee, bee» y los perros, sorprendidos, exclaman «¡Guau! ¡Guau!» porque ven a las abejas bailando zumba y, en todo el laberinto, los caballos se matan de la risa con su «Hii, Hii, Hii» día y noche sin cesar (I-A-I-A-O).

III. ¡Te desplumaré la cabeza, alondra! ¡Alondra!

Mi bisabuela nació en París, según lo que me cuentan. Cuando la conocí, ella ya estaba muy enferma, muy frágil y apenas hablaba. Pero sus hijas me contaron que ella fue una gran mujer. Muy, muy, muy inteligente. Y cálida. Una matriarca fuerte y cariñosa al mismo tiempo.
      Con mi abuela hablaba de vez en cuando en francés, para reconectar con nuestras raíces francesas. En aquel entonces, yo estaba estudiando francés en la escuela y estaba llena de confianza. Mama me solía decir «Ay, Kari, que bonito tu francés. Yo ya me olvidé todito, todito». Y, riendo, le decía que «solo lo hablo un poquito, señorita. Un poquitito».
      No entendía cómo era posible olvidar completamente un idioma pero, ¡mira! Poco a poco yo también lo estoy olvidando. Del francés y del alemán (que también lo aprendí en la escuela en esos tiempos) me estoy olvidando, pero el castellano y el inglés nunca se desvanecen de mi mente.
      Del francés recuerdo, sobre todo, las canciones. Sobre el puente de Aviñón, bajo la luz de la luna, mi amigo Pierrot baila con una pluma que va a utilizar para escribirle una palabra a Frère Jacques, quien, como siempre, duerme y duerme y duerme eternamente.
      Puedo leer en francés. Puedo entenderlo casi todo. Puedo, con algo de tiempo y un diccionario, escribir. Pero si quiero hablar, así nomás, en vivo, cara a cara, sobre la marcha, me doy cuenta de que estoy oxidada. Como si un cuervo hubiera robado las palabras de mi cabeza. Se han ido. Se han ido.
      En alemán, lo mismo, casi no puedo hablar ya: te puedo decir que tengo dos gatos y que vivo en un piso, poco más. Pero sé cómo preguntar dónde están las flores. Sí, sobre las flores puedo preguntar.
      Entonces, amigo, dime dónde están las palabras. Quiero saberlo. ¿Qué ha pasado?

IV. Duerme pequeño, no tengas temor…

Éramos un hogar de lenguas trabadas. Mis abuelos no hablaban nada de inglés, pero mi abuela en inglés sí cantaba. Le gustaba cantar «Oh my Darling, Oh my Darling, Oh my Darling, Clementine!» y «Qué será, será», que aprendió de Doris Day. Mi abuelo tampoco hablaba inglés. Ni siquiera lo cantaba. Estábamos en su casa y ahí se hablaba español (aunque su padre había nacido en Alsacia-Lorena con un pasaporte alemán y había llegado a Perú, según me cuentan, sin hablar español).
      Mi padre inglés, con su español aprendido en la selva como ingeniero en busca de petróleo, lo entendía mejor de lo que lo hablaba, escuchaba conversaciones con una cara de dolorosa concentración, y no podía conjugar verbos, ni para persona ni para tiempo. Pero podía leer artículos en El Comercio y seguir una conversación sobre cualquier tema: precios de acciones, pesca de anchovetas, la amenaza a la democracia peruana. A veces se frustraba, creo, al querer verbalizar un pensamiento complejo sobre política o economía y ver que no podía encontrar las palabras. Entonces acudiría a mí y diría «dile a tu abuelo…» y después yo traduciría hasta que llegase a una palabra que no conociera, y luego acudiría a un adulto para preguntar «¿Cómo se dice “fiduciary” en castellano?» y mi abuelo diría «Entiendo, entiendo», porque fiduciary/fiduciario, papas/patatas. Así que, aunque mi abuelo insistía en hablar solo en español, cuando estaba mi padre espangliablábamos.
      Mi tío, que era piloto, hablaba un inglés americanizado. El inglés de los aeropuertos internacionales. La lengua franca de la ingeniería aeronáutica. Él y mi padre se comunicaban excelentemente en un espanglish centrado en el vocabulario de un amor compartido por la aviación, automóviles y asar carne en la parrilla. Y con mis otros tíos, los que prácticamente no hablaban nada de inglés, mi padre parecía perfectamente capaz de comunicarse a través de la cerveza como intermediaria. Con la cara roja y sudorosos, sin palabras, solo reían y reían.
      Mis primos, también, que asistían a una escuela bilingüe y veían Nickelodeon y Disney Channel en la televisión por cable, hablaban inglés norteamericano. Comían cookies y no biscuits (galletas), llevaban sneakers y no trainers (zapatillas) cuando iban a la store y no a la shop (tienda). Se reían de nuestro acento británico cuando decíamos que queríamos un vaso de war-tuh en vez de wah-tur (agua), o mum en lugar de mom (mamá). Mi hermana y yo replicábamos que hablábamos inglés de la manera correcta. La manera inglesa. La manera en la que se hablaba en sus inicios.
      Pero ¿cuál era la manera inglesa? En la región central de Inglaterra, nuestros parientes ingleses no hablaban como nosotros. Perdían sus T y pellizcaban sus U a través de bocas cerradas. «Dejarnos algo de pasta, amores». Fue siempre un punto de conflicto que mi hermana y yo no habláramos como «loh demá» porque nos mandaron a clase de oratoria y teatro (es decir, clases de elocución) para que aprendiéramos a hablar correctamente. A extender las ahs y enunciar las dentales. «Pueh, sabeh de que te limita, ¿verdá?». Si hablas mal. O al menos eso es lo que nos decían cuando éramos niñas. Si los sonidos incorrectos salen de tu garganta, no te admitirán en Oxbridge, no te llamarán para el colegio de abogados, no te dejarán entrar en las salas poco iluminadas donde las paredes están revestidas de madera y el oporto se pasa hacia la izquierda.
      Si lo pienso ahora, entiendo que no existe una manera incorrecta de hablar. Solo maneras diferentes. Pero en mis padres, la importancia de hacernos hablar correctamente caló hondo. El inglés de mi madre era demasiado extranjero. El de mi padre, demasiado local. Ambos sentían que se les había impedido la entrada a círculos a los que habían aspirado a entrar. Por eso, al heredar el trauma lingüístico paternal, mi hermana y yo fuimos entrenadas en el arte de hablar con propiedad (figura 1).
      En Perú también había formas «correctas» e «incorrectas» de hablar. Yo no debía aprender el español de aquellos que lo hablaban con la influencia de los idiomas de los Andes. Debía aprender un español tan «puro» como fuera posible. El concepto de la «pureza» lingüística contenía en él toda la carga del colonialismo. El español de los españoles era el correcto. El español peninsular. El español insular, aislado de toda influencia extranjera. De la influencia, concretamente, de las antiguas colonias.
      Pero yo, que crecí en Inglaterra y visitaba Lima cada uno o dos años, no estaba lo suficientemente inmersa en el español como para distinguir entre el dialecto de los limeños y los de aquellos que habían emigrado desde la sierra y el campo. Así que empecé a asimilar las cadencias y hábitos de las empleadas y jardineros que trabajaban para mis abuelos y tíos abuelos. Absorbí las características lingüísticas de sus lenguas maternas —quechua y aimara— que habían trasplantado en su español, y, a su vez, pasado al mío. Adquirí el sufijo nomás para denotar énfasis (Siéntate nomás. Está ahí nomás. El niño es pequeño nomás); la reduplicación de palabras para intensificar (El gatito salió corriendo corriendo. Rápido rápido, Mami, el gato salió); y una apreciación por el gerundio.
      Aun así, la aspiración era que mi español debía ser uno alineado a la pluma insular de la Real Academia.
      Pero mi familia no hablaba español peninsular. No ceceábamos al hablar. Casa y caza eran idénticas. No me ponía zzzapatos, ni comía zzzanahorias o ccciruelas. No conjugaba con vosotros: la segunda persona del plural era siempre ustedes, formal o informal, en cualquier contexto.
    Cuando di el examen de español para el Certificado General de Educación Secundaria, con 11 años, hubo un debate entre los profesionales sobre si mi español sería adecuado. ¿Debería aprender a hablar con ceceo? ¿Con ce-ceo? ¿Cé-céo? ¿ θe-θeo? ¿Debería hablar como vosotros, usando vuestros pronombres posesivos de segunda persona del plural en vez de los nuestros? ¿En vez de, siendo honesta, los míos? Porque para mí era algo personal, el rebuscar dentro de mis palabras para sacar este sustantivo o ese verbo y examinarlos a la luz para evaluar su pureza. ¿Cuál era su pronunciación, su corte y claridad? ¿Era el mío un español lo suficientemente claro? ¿Lo suficientemente brillante? ¿Era, hablemos francamente, un español lo suficientemente blanco?
      Cuando mis padres contrataron a un tutor para que me diera unas clases de refuerzo antes del examen, accedí a aprender a usar acentos cuando escribía. Hasta entonces, ni sabía cómo funcionaban ni me importaba. Lo único que había escrito en español había sido a través del correo aéreo o de postales a mi abuela, tía y primos para Navidad, Semana Santa y cumpleaños. Aprender a motear mis palabras con pequeñas líneas sobre las vocales estaba por debajo en mi lista de prioridades que transmitir mi amor y mi pena, lo que había aprendido en la escuela esa semana, cuánto los echaba de menos y cómo no podía esperar a volver a verlos de nuevo.
      Entonces, enfrentada a la posibilidad de un examen escrito que juzgaría la precisión del idioma sobre el papel, acepté que los acentos fueran necesarios. Incluso le confesé a mi tutor de español que mi pereza en cuanto a ellos podía estar fundamentada en el anglocentrismo. Después de todo, en inglés nos las arreglamos sin ellos. Pero no. Esto era arrogancia. ¿Quizá incluso neocolonial? Aprendería a poner acentos sobre mis palabras.
      Mi acento hablado, sin embargo, me negaba a cambiarlo. Me parecía, incluso a esa edad, una invasión. Un intento de irrumpir en mi boca, empalar la lengua y hacerla bailar al son de un titiritero.
      Yo no ceceo.
      Tú sí ceceas.
      Él/ella puede cecear si quiere.
      Nosotros no ceceamos.
      Ustedes ceceen si quieren.
      Si ellos/ellas/ellxs cecean o no, me da igual.

V. He He He JaJa JaJa JaJa

Mi madre aprendió inglés en la escuela y después en la Academia Británica porque su intención era dejar Perú atrás, con sus juntas y dictaduras militares, su hiperinflación y guerrillas, sus bombardeos, su injusticia e inequaldad. Y lo hizo estudiando en Madrid, en Salzburgo y en Holanda, a través de becas. Mi madre podía comunicarse y hacerse entender en cuatro idiomas: inglés, castellano, francés y alemán. Para ella, siempre sociable, extrovertida hasta decir basta, hablar es jugar. Es jugar con las palabras. Hablar es un juego, una joya, una jarana, un jolgorio, un júbilo. Por ejemplo:
Hablar = un/una J+(o|i|u|e) y/o (go|ya|ra|rga)
      Encontrar el éxtasis en el lenguaje es algo que heredé de ella, pero para mí no era al hablarlo, sino al escribirlo. Existía una alquimia en los grafemas sobre el papel. Una deliciosa magia en la forma en la que las palabras se fundían, se rozaban y se convertían en otras (figura 2). Fue mucho después, cuando era adulta, que aprendí sobre semiótica y las cadenas saussurianas entre significantes y significados, y empecé a entender los juegos que había jugado con las palabras en mi cabeza cuando era pequeña.
    No quiero decir que en este aspecto yo fuera especial de ninguna manera digna de mencionar. Los niños de todo el mundo comienzan sus vidas enamorados de las palabras. De sus sonidos. De su habilidad de hacer esta in-creíble palabra aprehensible. Aprehensible. Capaz de ser aprehendida. De Apprehendere, coger, asir, prender a alguien o algo; aprender. Cuando somos niños, estiramos nuestras manos pequeñas y rechonchas y cogemos un mundo desconocido, primero con los dedos y luego con los labios y lengua, probamos a usar la boca para hacer formas y nuestra voz va detrás. Con las palabras, finalmente, aprendemos (o intentamos aprender) a aprehender y comprender, a tomar y prender. Con palabras podemos prender este mundo de maravillas. Podemos cogerlo. Capturarlo. Encenderlo. Prenderle fuego. Podemos tomar el mundo. Robarlo. Ponerlo bajo custodia, ¿quizá? Tomarlo prisionero. Retenerlo. Sí, con las palabras, al final, presionamos el mundo, lo aplanamos, lo pasamos por la prensa y lo estrujamos. Lo imprimimos, exprimimos, y al final queda plano y llano.
      De la familiaridad surge el menosprecio. Olvidamos la magia de aprender por primera vez lo que significa encajar sonidos con un «ding» en el mundo, de ser capaces de usar estos sonidos para poder compartir con otro cerebro lo que sea que queramos que ese otro cerebro sepa. Mi sobrino aún no ha perdido la magia. Cuando ve la Luna canturrea «Moo-oo-oo-n, Moo-oo-oo-n» y parece encontrar tanta delicia en el sonido en sí como en el círculo de luz plateada que cuelga del cielo. Fue a través de oírle canturrear, y de canturrear con él, que me di cuenta de cuánto ese satélite brillante está enlazado en mi mente con esas alargadas vocales. Uuu-Uuu. Como un búho volando por el bosque. O un lobo aullando. O una vaca. (¿Es por eso que la vaca saltó sobre la Luuuna? ) En castellano y en francés también hay un sonido u. La Luna. La Lune. La Luuna. La Luun. Pero no en alemán, donde la Luna se convierte en der Mond y de repente vemos entrar en juego la diferencia. La Luna se ha convertido en Mond, le monde, el mundo, la Tierra, ¿y, entonces, qué? ¿La Luna está aquí y el mundo está ahí arriba colgado entre las estrellas? A través de algún truco de magia, la Luna y la Tierra han intercambiado sus posiciones.
    Las palabras se deslizan tan fácilmente en otras. Son resbaladizas, como las barras de jabón del bar1 baño. O como los peces que se retuercen para escapar y estiran del sedal para resistirse al anzuelo. Así es, supongo, como ocurren los lapsus al hablar. Como el locutor de radio presenta a Íñigo Orejón en vez de a Íñigo Errejón. O como, en una clase vespertina de biología, un adolescente, para horror suyo, dice «orgasmo» en lugar de «organismo». Pero es demasiado tarde. La palabra salta. El pez se escapa. Se le escapó Moby Dick. Y por mucho que intentes enrollar el sedal, no puedes. La palabra está ahí fuera, flotando2 en el inmenso mar azul.
    Mi fascinación por la lexicoreografía porque útil en escuela cuando los profesores nos daban tareas de razonamiento verbal para prepararnos para los exámenes de final de primaria. Por ejemplo:

Subraya la palabra de cuatro letras escondida entre otras dos palabras:
El perro escuchó el ruido y se asustó.
Me pone nervioso estar alrededor de las orquídeas.
Mi perro es dueño de muchos lingotes preciosos.

Subraya la palabra escondida dentro de la palabra:
Trozo
Espadachín
Armario

Completa la escalera de palabras:
GATO
_ _ _ _
_ _ _ _
_ _ _ _
TONO

      Disfrutaba estos juegos porque el lenguaje, según mi parecer, estaba ahí para jugar con él3. Pero estos ejercicios no llevaban el juego lo suficientemente lejos. Había respuestas establecidas. Había respuesta correcta e incorrecta. Letras que subrayar. Opciones que marcar. Sin embargo, para mí, el lenguaje no era una cuestión de reglas que seguir, dispuestas en cajones ordenados, apilados en casilleros. Era una belleza que debía exhibirse, como un pavo real que extiende su plumaje, y cada frase es una pluma resplandeciente, una pluma que llevar al tintero.
      Después de decidir criarnos bilingües, a mis padres les dijeron (como les suele ocurrir a los padres de hijos plurilingües) que mi hermana y yo nos confundiríamos. Que nuestro desarrollo del lenguaje se retrasaría. Habría, supongo, según estos agoreros, demasiadas palabras zigzagueando en nuestros cerebros como para que las cogiéramos, les echáramos el lazo por la garganta y las atáramos. Como si las palabras debieran cazarse, dominarse, decapitarse y colgarse en la pared. Trofeos muertos y nada más.
      Es cierto, quizá, que para mí las palabras son algo salvaje. Bajan en picado o nos sobrevuelan en un estallido de alas, cantos y graznidos, a ratos cacofónicas, a ratos sinfónicas. Pero me encanta verlas aletear, en ocasiones en bandadas, en armonía, un murmullo fluido y tranquilo; y en otras ocasiones en enjambres desordenados y estridentes. Cuando el cielo se despeja y las palabras vuelven a posarse, me gusta pasear y recoger las bellas plumas que han dejado atrás. Me las llevo y con ellas construyo mi nido. A veces me gusta sacarlas, girarlas a la luz y admirar el modo en el que brillan y relucen.

SignificanteIncorrectoCorrecto
Water (agua)War’a o War-uhWar-tuh
£QuidPound
Oil (aceite)Oy-uwOyl
Love (amor)LuvLahv
Bath (baño)BaffBaa-th
Tooth (diente)Tooff, Tuff o TuthToo-oo-oo-th
Figura 1. Lecciones para la correcta pronunciación de palabras inglesas
CATSAT(on the) MAT MAR BOTE
CHATSHAT SHIT  SCHIFF SHIP
GATO GATEAU  GÂTEAU  BATEAU
KATZE MATZE MATS  HATSBOOT(E/S)
Figura 2. The cat in the hat sat on the gâteau, es decir, El gato en el sombrero se sentó encima del bizcocho.

1. Querido lector, ¡este es un error real que cometí al escribir! ¡Ja ja ja!
2. O, mejor dicho, nadando en el inmenso mar azul. Nadando porque está en el mar. Pero también nada-ando porque las palabras, si no están conectadas con otras palabras, quedan vacías de significado. Por ejemplo:
                                                                                                        hacer
                               pie
                                                                                       fiesta
la                                                                                                     sí
3. Bañana. sustantivo — una banana que se come al día siguiente.
Bañanaremos. verbo — Mañana nos comeremos una banana.
Te-atro. sustantivo — té que se toma antes de ir al teatro.
Te-atró. verbo — Él/ella tomó té antes de ir al teatro.
Sorfresa. sustantivo — fresas inesperadas.
Sorfrender. verbo — sorprender con fresas. «¡Me has sorfrendido!»

Daniel Casado Rodríguez (translator)

Daniel Casado Rodríguez lives in a picturesque little town called Manresa. He has a degree in Translation and Interpreting from Universitat Autònoma de Barcelona, where he finished his Final Project in the middle of a global pandemic. Its aim was to study, compare, and analyze the hurdles of Inverse Translation and to disprove the common belief that an Inverse Translation, especially a literary one, was something impossible to do. For that, he translated the children’s novel La Rebelión de las Palabras into English, where he discovered his affection for puns, plays on words and all sorts of translation challenges that normally scare people away. Currently, he is working as a freelance translator while he awaits another literary translation that can blow his mind. Visit his ProZ profile.

Karina Lickorish Quinn

Karina Lickorish Quinn is a bilingual, Peruvian-British writer raised in the English Midlands, Lima and New York. She has a BA from Oxford University, an MA from UCL and is about to complete her PhD at Queen Mary University of London. Karina is the Teaching Fellow in Creative Writing at the University of Leeds. Her short fiction features in Un Nuevo Sol, the first major anthology of British-LatinX writers published by flipped eye publishing. Her work has appeared on The Offing, Asymptote, The Journal of Latina Critical Feminism, and Palabritas. She was shortlisted for the 2016 White Review’s short story prize. Her debut novel set in Lima, MANCHARISQA, OR THE DUST NEVER SETTLES, will be published by Oneworld (UK) in early 2022.